DISCURSO DEPORTIVO

Por Robert Lozano Vergés

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Partida de sepelio por el 9

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La figura del delantero centro está en decadencia. Los dos mejores equipos de fútbol del mundo (El Barça y La Roja), han puesto en entredicho esta figura, vanagloriada y laureada por el Planeta Fútbol desde que empezó a rodar el balón en la campiña inglesa tiempo ha. Ambos conjuntos han demostrado que se puede ganar absolutamente todo sin contar con esa pieza sacrosanta que contribuía con el principio y el fin de todas las cosas: el gol.

Cruyff, Guardiola, Del Bosque, Messi, Cristiano Ronaldo o Cesc son algunas figuras fundamentales de esta partida de sepelio por el nueve.

“…Cuando mira un partido en la pantalla para analizar al equipo rival, lo ve todo… menos el 9. Es como si, para él, no existiera. Como si en el proceso de juego, el 9 no estuviera o no entrase. Porque, para él, el portero interviene mucho más, por la salida del balón, por las posesiones altas, por donde saldrá el equipo, por donde debe de haber pausa…”

El que mira el partido en la pantalla es Guardiola, ejecutor de delanteros exquisitos como Samuel Eto’o o Zlatan Ibrahimovic, conversor de David Villa y devoto de Lionel Messi. El ex entrenador del Barça sacrificó al 9 porque entorpecía los movimientos del 10 y afeaba el juego del resto del conjunto. En una formación en la que el gol parecía una penitencia necesaria, el delantero centro era el tipo que golpeaba el balón con saña después de que Iniesta, Xavi o Busquets lo hubieran acariciado, mimado y adulado. Un bárbaro.

Para Guardiola el razonamiento era un juego de niños: si tus mejores jugadores son centrocampistas y además son los mejores del mundo, ponlos a todos. Si además cuentas con un Extraterrestre que anota 70 goles por temporada, ¿para qué narices necesitas a un Exterminador en un equipo de ángeles?

Los paralelismos de La Roja

La Roja, guste o no, es un apéndice del Barça, ni que sea por número de efectivos y por manual de estilo. Y en esta Eurocopa, más que nunca. El equipo de Del Bosque ha expresado las mismas virtudes y las mismas carencias que el Barça de la pasada temporada: control total y juego excelso pero, en ocasiones, sincopado y excesivamente retórico. Al margen de los seguidores del Barça, con ojos adiestrados en este juego, la mayoría de opinadores han atacado el estilo del equipo de Vicente del Bosque por aburrido y carente de pegada. A muchos les escocían los ojos cuando miraban el banquillo y veían a Llorente (0 minutos en la Eurocopa); Negredo (papel testimonial); y Fernando Torres (bota de oro del torneo con tres tantos).

Cesc, que ha “ursurpado” esta posición en el campo, ha tenido un papel capital en el combinado español y todo hace prever que será una de las piezas claves del Barça de Tito Vilanova, auténtico valedor de su fichaje.

Ronaldo y Messi también han contribuido a azuzar este debate. El número 1 y el número 2 del mundo no son un 7, ni un 9, ni un 10, sino lo que les da la gana, y terminan las temporadas con más de 30 goles de diferencia respecto a 9 clásicos, a estiletes de pura raza como Gómez, Huntelaar, Giroud, Ronney, Balotelli o Mandzukic.

No sabemos si se trata de un episodio pasajero en la historia del fútbol, a la espera del nacimiento de una nueva hornada de Ronaldos, Romarios o Hugos Sánchez, un hecho puntual de dos equipos muy particulares o una evolución del juego. Pero lo que está claro es que dos de los equipos más excelsos de la historia de este deporte lo han ganado todo “asesinado” al profeta, al Dios del gol.

Que el 9 descanse en paz.

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Ser Villa en tiempos de Messi

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Hay palabras que no deberían utilizarse a la ligera. Su mal uso les hace perder el sentido. Crisis es una de ellas. En dos partidos y con sendos hat-trick, Messi desactivó una ristra de debates absurdos. Superada la tontería, el ojo escrutador se detiene ahora en David Villa. El asturiano es el último eslabón de una estirpe de goleadores extintos, de ese linaje maldito que forman Samuel Eto’o, Zlatan Ibrahimovic y Bojan Krkic. Amparado en el número 7 y escorado en la banda, el despliegue de trabajo del asturiano es tan inapreciable como oscuro, tan imprescindible como ingrato. El Guaje, que llegó como hombre gol y no actúa como tal, exaspera al aficionado culé, siempre con el látigo en ristre.

Pero el mérito de David Villa es incontestable. A marchas forzadas entendió “el misterioso caso de la desaparición del 9 del Barça”  y sobrevivió a la criba, alejado del foco y a la sombra sempiterna de Messi. Su gol en la Final de Wembley fue una liberación, un premio único a un año de trabajo en el que aprendió a defender y a vivir alejado de la portería. Goleador de nacimiento, con el paso de los meses comprendió que en el Barça su función no era la de marcar, sino la de dilatar el campo, abrir defensas y, sobre todo, facilitar el gol a un titán de metro sesenta. Es de justicia, sin embargo, interpretar gran parte de los goles de La Pulga como un trabajo de equipo en el que los movimientos de Villa tienen un valor especial. Villa hizo un trato: perder lucidez y protagonismo personal a cambio de ganar títulos. Y lo consiguió.

Con todo el desgaste y sacrificio y, a pesar de los 23 goles de la temporada anterior, sus fallos ante la portería rival se miran con recelo e incluso se le tacha de vivir permanentemente en el fuera de juego (13 por 14 de Messi esta temporada). El asturiano (siete goles hasta el momento) encara al portero sin el convencimiento de antaño y no está teniendo suerte en el remate final. Da la sensación que tan sólo la buena marcha del equipo frena un fuego siempre azuzado para quemar a alguien en el Camp Nou.

¿Una relación irrespirable?

El Guaje siempre se ha mostrado sensato y consciente de su rol y Guardiola ha agradecido su trabajo: “ya me gustaría, a lo largo de mi carrera, encontrar a jugadores como David, que es el máximo goleador de la historia de la selección, que ha ganado el Mundial y la Eurocopa, que en sus anteriores equipos todos jugaban para él y que ahora se adapta a algo que le conviene al equipo”.

El papel secundario de Villa y la alargada sombra de Messi, al que se le rebuscan crisis, malos modos y excentricidades, suscitó ayer un artículo en Superdeporte que afirmaba que “la relación entre ambos en el vestuario y dentro y fuera del campo es ya irrespirable. No se abrazan igual, no se llevan como antes y sus celebraciones han perdido entusiasmo”, argumentaba el periodista.

Las imágenes desmienten este supuesto, el mismo Messi negó las discrepancias y hasta el presidente Rosell explicó que juegan juntos al parchís… En todo caso, sean amigos del alma, todo lo contrario o nada de lo anterior, el rendimiento de ambos es incuestionable y David Villa es el mejor delantero, el mejor acompañante que puede tener ese ciclón llamado Messi que eclipsa cualquier hazaña.

No es fácil ser Villa en tiempos de Messi.

Written by @robertlozano_

4 noviembre, 2011 at 9:43 AM

Una astilla llamada Mascherano

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Llegó como teórico substituto de Yayá Touré. Como desquite del fichaje frustrado de Cesc Fábregas. Como negativo a la negativa por Mesut Özil. Y como alternativa a Sergio Busquets. Sin duda, los astros se alinearon y todas las circunstancias y casualidades del Planeta Fútbol se aliaron con “El Jefecito”. Javier Mascherano, capitán de la selección albiceleste, pasó de compartir centro del campo con Benayoun, Aquilani o Maxi Rodríguez a hacerlo con Andrés Iniesta y Xavi Hernàndez, cuyas semejanzas terminan en las entradas capilares y la escasa estatura. En un equipo de virtuosos, de finos estilistas, el mejor ladrón del fútbol mundial, un genio táctico, desafinaba en un equipo donde incluso el portero hace bicicletas. Argumentar que él era el mejor sin balón no era suficiente para un equipo casado con el esférico. Hasta que faltó Abidal.

La baja por enfermedad del francés ha colocado a Mascherano como figura clave del engranaje defensivo del Barça. La falta de velocidad de Piqué y Busquets, sumada a la poca experiencia del de Badía en esta posición, ha obligado a la reconversión del argentino. Mascherano será el central titular que acompañará a Piqué en los partidos decisivos de esta temporada, convirtiéndose en un airbag indispensable para corregir errores, papel que hasta la fecha tenía asignado Puyol.

La hora del Jefe

Durante la temporada Masche ha interpretado un papel de reparto en una orquesta tan talentosa que incluso descubre lagunas en jugadores de relumbrón como David Villa. Encajar en un equipo de superdotados puede ocasionar dos reacciones contrapuestas: rechazo y autoafirmación unidas a una visión sobredimensionada del propio ego (véase Ibrahimovic) o integración basada en el aprendizaje de mecanismos, reconocimiento de las carencias propias y admiración por los que te rodean (Mascherano).

El Jefecito comprendió desde el primer día que él era un patito feo, una astilla en una pieza tallada con precisión y delicadeza, a la sombra de un medio centro (Busquets), diseñado por los arquitectos de La Masia. Pero también supo captar el aprecio del aficionado barcelonista por otras grandes virtudes como el sacrificio, el esfuerzo y el carácter. Un carácter que no acepta la derrota ni la rendición y, que por naturaleza, está ausente en la mayoría de jugadores de la cantera. Javier Mascherano nunca hubiera obtenido el sobrenombre de “Jefecito” de haber salido de La Masia. Simplemente, habría sido un rara avis en un club distinguido por formar peloteros. Pero el argentino sabe que todo equipo campeón necesita un tipo como él, con garra, abnegación e inteligencia táctica. Masquerano sabe que en el Barça no puede limitarse a ser el “Jefecito”. Sabe que ha llegado su hora. La hora de ser El Jefe.

Written by @robertlozano_

13 abril, 2011 at 10:22 AM

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