DISCURSO DEPORTIVO

Por Robert Lozano Vergés

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Sulawesi: la muerte tenía un precio

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PRIMERA PARTE

Entre el archipiélago de las Molucas y el Borneo indonesio se encuentra Sulawesi (Célebes). A pesar de ser la undécima isla más grande del mundo ha sabido esconderse en el mapa y pasar, discretamente, como una más de las casi 18.000 islas que conforman Indonesia. Su extraña orografía, formada por cuatro brazos, le otorga un aspecto inconfundible.

Bordeada por la línea Wallace, en Sulawesi conviven especies del sureste asiático y de Australasia. Sus principales puntos de entrada se encuentran en el norte (Manado) y en el sur (Makassar), pero es en el centro de la isla donde residen los Toraja, animistas y adoradores de la muerte. Es allí, precisamente, donde nos dirigimos.

Carretera al infierno

Como pésimos anfitriones que son, el calor y los mosquitos de Makassar (Ujung Pandang) se apresuran a explicarte que no eres bienvenido. Lo mejor es llegar cuánto antes a la estación de autobuses, tan variopinta e interesante como todas. La de Makassar, en particular, es un hervidero de gente, de gallinas y de olores penetrantes que enervan la pituitaria. La espera, una palabra tan íntimamente ligada al viajero como las suelas gastadas, se digiere mejor con imaginación y fantasía. Gracias a esa especie de evocación infantil que te suscita el nombre de lugares sonoros, lejanos y desconocidos como Palu, Makale, Parepare, Palopo o Kendari.

Rantepao es la capital de la región de Tana Toraja y es dónde nos dirigimos. La distancia, apenas 328 km, se libra en no menos de ocho horas. La explicación de la odisea es sencilla. A pesar de que los autocares son rápidos y los conductores están adiestrados en la Nascar, las carreteras de Sulawesi son imposibles, por estrechas, montañosas y atornilladas. De día, el recorrido debe ser poco menos que alucinógeno pero, en la oscuridad de la noche, es simplemente una catarsis. Puede que sea el cansancio, las náuseas, las gallinas del pasillo o las luces estroboscópicas de los camiones que conducen en contra dirección (una vía, dos direcciones). Puede que sean los frenazos en medio del REM o el abismo, a escasos centímetros de las ruedas del vehículo. O puede que sean las curvas infinitas, la sugestión y la literatura. Pero si lo metemos todo en un saco, se trata, sin duda, de un viaje al corazón de las tinieblas. Al mismísimo infierno.

Quería un viaje salvaje. Y por mis pecados me lo dieron. En mitad de la noche y de la nada, y entre la alucinación y la angustia, un Warung (restaurante de comida local) representa una opción inmejorable de complicarte un “apacible” trayecto. Se trata de un reto gastronómico y de una dicotomía hambre-infección gástrica. Normalmente la segunda es consecuencia de la primera. Pero no hay más remedio, forma parte del juego.

La fiebre y las pesadillas hacen el resto. Cuando recupero la consciencia, a las seis de la mañana, se despiertan las montañas, acunadas por una niebla turbia y sedosa. El verde predomina en el hogar de los Toraja, abrupto y accidentado. Sus habitantes son conocidos por el culto a la muerte, por ceremonias que duran días, por los sacrificios y la sangre que se vierten en ellas… Tan obsceno y tétrico para unos, tan fascinante y hechicero para otros.

¿Qué se esconde detrás de estos funerales?

NdA: continuará…

SEGUNDA PARTE

Written by @robertlozano_

29 diciembre, 2011 at 12:11 PM

Publicado en Paréntesis, Viajes

Aitor Lagunas: “els perdedors són més interessants que els guanyadors”

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Benvolguts lectors,

Disculpeu aquesta interrupció a les cròniques barcelonistes que solen ocupar aquest espai. Però és per una bona causa. Avui tinc el plaer d’adjuntar-vos l’entrevista amb la qual he debutat a la web 365d365e.  El protagonista és el periodista Aitor Lagunas, impulsor de la revista Panenka, el futbol que es llegeix.  Es tracta d’una revista estranya en els temps que corren: és retro, ¡en paper! i conjuga la cultura i el futbol. En les seves 116 pàgines no trobareu CR7 ni la nova nòvia del Puyol. A les seves pàgines s’expliquen històries de jugadors barbuts, que no es depilen les celles i que juguen a lligues de països llunyans i impronunciables. S’expliquen aquells relats que no tenen cabuda als mitjans de comunicació convencionals i és dóna una visió peculiar de la societat, la política i la cultura amb el futbol com a fil conductor. Sense més preàmbul, adjunto l’enllaç de la pàgina on trobareu l’entrevista. Espero que agradi!

http://www.365d365e.com/entrevistes/?p=4195

Written by @robertlozano_

28 noviembre, 2011 at 12:02 PM

En la yugular de Borneo

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SEGUNDA PARTE

La llaman Dragón. Se trata de una barcaza motorizada de un metro de manga y cinco metros de eslora. Tremendamente inestable y de giros temerarios. Encajada en ella, a escasos centímetros del agua, el indefenso pasajero sospecha más, si cabe, de las aguas cobrizas. Surca veloz y delicadamente el río, salvando la corriente y los rápidos. Y de repente: ¡BOM! Un golpe sordo hace tiritar al Dragón. Algo ha golpeado la embarcación y el motor se detiene súbitamente, mientras iniciamos un balanceo sostenido, una especie de danza acuática hasta detenernos por completo. Rescatada la estabilidad, nos secamos la cara y le miramos inquietos. Bajito, de una edad indescifrable, tatuado, impertérrito. Nuestro piloto pertenece a los Iban, una tribu conocida por su afición a cazar cabezas tiempo ha. Nos dedica una primera mirada de reconocimiento para centrarse en el agua, opaca, impenetrable.

―¿Un cocodrilo?

―Aquí no hay cocodrilos.

―¿Una serpiente?

―No hay serpientes.

―¿Algún pez de grandes dimensiones?

―No.

Arranca de nuevo el motor y continuamos hacia las profundidades sinuosas del río. Incrédulos, tratamos de interiorizar que sus aguas son inocuas. Pero cuando llegamos a nuestro destino, no nos atrevemos a bajar del Dragón hasta que, sorprendidos, vemos que el agua apenas rebasa el tobillo.

El breve trayecto hasta la Longhouse, el hogar de los Iban, discurre por una selva cerrada. Con pasos torpes y ruidosos y ojos no entrenados, cualquier vestigio animal es prácticamente invisible. Sólo se intuyen miradas ocultas, movimientos furtivos y el balanceo de la vegetación. O se imaginan. Sin orangutanes agresivos, serpientes venenosas o caimanes asesinos, nuestro mayor problema son los diminutos mosquitos. Mosquitos inmunes que desayunan Relec y meriendan Goibi.   

Los Iban nos reciben sin festejos ni danzas ni paripés. No visten taparrabos ni sables ni plumas sino vaqueros y camisetas de la Premier League. La historia que encierra sus tatuajes y un saco repleto de calaveras de soldados japoneses de la Segunda Guerra Mundial son algunos de los pocos indicios que recuerdan que antes de trabajar en Gabón o Nigeria para una empresa petrolera, eran una tribu guerrera, orgullosa y temible. Cenamos en la oscuridad, compartiendo pollo, arroz, verduras, mermelada de coco y wisky de arroz, pero la falta de un idioma vehicular asesina la conversación con prontitud. Partiremos a las cinco y media de la mañana, para no perder el primer y único barco que conecta con Kuching.

Pero el ladrido histérico de los perros y el cacarear trastornado de los gallos nos arrebata el sueño. Son a penas las tres y media. ¿Qué pasa? Silencio. Silencio. Silencio. Diluvio. Treinta segundos después del aviso, una tormenta tropical escandaliza el techo de uralita. Cerramos los ojos. Los abrimos. Son las cinco y media. Sigue lloviendo. Dormimos en la misma estancia que el matrimonio Iban, pero su cama ya está vacía. En el corredor, de 100 metros de longitud, y que comunica con todas las viviendas, los encontramos. Sentados en cuclillas. Contemplando embobados la lluvia. La totalidad de la tribu nos dedica una mirada de soslayo, indiferente, y vuelve a la lluvia. Nuestro Iban nos explica que es peligroso navegar así, que no podemos marcharnos.

―¿Y cuánto puede durar?

―Podría terminar ahora mismo. O de aquí a tres días.

Entonces lo entiendo todo. Me siento con ellos. A contemplar la lluvia.

Written by @robertlozano_

7 septiembre, 2010 at 7:30 AM

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En la yugular de Borneo

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PRIMERA PARTE

Es un largo y tortuoso viaje. Kuching, capital del estado de Sarawak, languidece de día y se despereza con la puesta de sol. Salvajemente desconocida, la puerta de entrada al Borneo menos explotado no ha escapado, sin embargo, de ese perverso concepto conocido como globalización y que debería llamarse occidentalización. Hasta aquí llegan las redes del señor McDonald’s y del señor Hilton.

Decidimos huir de Kuching furtivamente, cuando todavía la envuelve la penumbra. Nuestra embarcación  recorre un trecho del mar meridional de la China para adentrase en el Batang Rejang, el río que atraviesa Sarawak como una yugular tibia, circundada por frondosa pluviselva y asentamientos ribereños. Numerosos barcos madereros surcan esta cinta transportadora de color azafrán y fondo inquietante, en su afán por destruir una de las selvas más antiguas del mundo. Los pocos occidentales que se adentran en el Batang Rejang comparten trayecto con aborígenes tatuados, frutos exóticos, puerco espines y aves. Son cinco horas de un trayecto empapado de olor a gasolina, sol, humedad y sudor. El estertor del motor, martilleante e inclemente, te transporta en un estado de semiinconsciencia hasta que tu cuerpo se detiene y alguien te dice que estás en Sibu.

El sol ya tartamudea y juega al escondite con las nubes para emerger inclemente, punitivo, superior. Ilumina Sibu, un lugar de paso, picante y húmedo, del que quieres escapar con rapidez, pero que te retiene mientras decides tu destino. Nadie se detiene en Sibu sin motivo. La mayoría llegan para aprovisionarse y desaparecen en el río antes de que la oscura noche se cierna sobre la población, sin previo aviso, sin apenas transición con el día. Sus calles vacías esconden subterfugios noctámbulos, lugares clandestinos de acceso privado con persianas metálicas que acogen y expulsan a figuras errantes, despedidas tórridamente por formas hombrunas de labios pintarrajeados con carmín lascivo e impúdico.

Los que escapan a la noche parten hacia Miri, Bintulu o Bario, donde el aire es fresco y se alimentan a las sanguijuelas. Pero la leyenda de los cazadores de cabezas nos arrastra río arriba, donde el Batang Rejang se estrecha hasta llegar a la remota Kapit, territorio de las tribus Iban. Son 160 kilómetros por el hipnótico río. Llegamos al anochecer. Caras tiznadas nos observan con curiosidad desde la penumbra. Risas huidizas. Sin rastro de McDonald’s. A las siete de la tarde Kapit es un cementerio humano. Aquí la noche es propiedad de la selva y de sus moradores. Todos los ecos son nuevos y estremecedores. Hemos llegado al corazón de Borneo.

(NdE: Aprovechando el desafortunado parón liguero, me tomo la licencia de publicar un micro relato de dos partes sobre Borneo. Continuará…)

Written by @robertlozano_

6 septiembre, 2010 at 7:43 AM

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