DISCURSO DEPORTIVO

Por Robert Lozano Vergés

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Lost 2.0

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El fenómeno Perdidos es digno de estudio. No por la legión de seguidores que arrastra, sino porque con esta serie hemos asistido al nacimiento de un nuevo tipo de espectador, un espectador social de nueva generación. La obra de J.J. Abrams, Damon Lindelof y Jeffrey Lieber es responsable de la evolución de lo que en su momento Giovanni Sartori calificó como Homo videns. Creada para la televisión, su enorme éxito ha sido, curiosamente, un arma letal para la propia pequeña pantalla. Así como The Matrix impulsó el formato DVD o Avatar encendió el renacimiento del fenómeno 3D, Perdidos desencadena el concepto del espectador 2.0, el espectador que asesinó a la televisión.

El espectador 2.0, surgido de la globalización, es aquel que consume información inmediata, fresca y, por lo tanto, lo hace en Internet. Un espectador que no está dispuesto a esperar ni un solo día para visionar algo que ya se ha emitido en otro lugar. Este nuevo homo videns es proactivo, genera ideas, opiniones y discursos. No se conforma con ver y callar sino que traslada sus reacciones a las redes sociales, las comparte y origina teorías e hipótesis. Interpreta y sobreinterpreta.

 Con la emisión simultánea del último episodio de Perdidos, Cuatro puso de manifiesto el por qué de este cambio de hábitos del espectador. Al margen de la falta de sincronización de los subtítulos, la cadena de Prisa obvió 6 minutos de metraje. El tremendo coste que supone emitir una serie como Perdidos y los resultados obtenidos obligarán a los programadores a centrarse en aquellos productos en los que la televisión todavía puede ofrecer un buen servicio para su audiencia: programas en riguroso directo, eventos deportivos o reportajes y productos propios.

 Mientras el cine se encuentra sumido en una crisis de ideas, las series de televisión se destapan como una explosión creativa, en algunos casos, de excelsa calidad. Los Soprano, The Wire o A dos metros bajo tierra son tan sólo algunos ejemplos de obras maestras de más de cien horas de visionado. Los creadores de Perdidos, con una serie menos brillante, han conseguido que algunas de las características intrínsecas que forman ya parte de nuestra sociedad -la globalización, las 2.0 y la polémica- creen este nuevo espectador. Un homo videns 2.0.

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26 mayo, 2010 at 10:26 AM

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El Aleph de Perdidos

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Se acabó. No como muchos esperaban o deseaban, pero se acabó. Los seguidores de Perdidos acudían a este doble episodio final en busca de respuestas como el devoto hace con su religión. O con la mirada analítica del científico que necesita resultados lógicos y demostrables. O como el juez que espera el alegato final para dictar sentencia en un rompecabezas. Todos ellos se sentirán decepcionados, disgustados e incluso, estafados. Nadie podía esperar un final cerrado y con un manual de instrucciones de la obra del inefable Jeffrey Jacob Abrams. Nadie podía esperar un final que dejara satisfecho a todo el mundo porque Perdidos se postula como un fenómeno de masas fascinante y, por lo tanto, polémico. La pregunta más importante que debe hacerse hoy el espectador no es acerca de la isla o de los personajes, sino ¿por qué me he levantado a las seis y media de la mañana?

Perdidos es ficción en mayúsculas, con sin sentidos, incoherencias, delirios de grandeza y momentos memorables. Un extensísimo ejercicio de liderazgo pero, sobre todo, una alocución que gira entorno al espacio y el tiempo. Realidades múltiples y vidas paralelas en diferente espacio-tiempo. Daniel Farraday y Desmond Hume se erigen como personajes cardinales de esta locura, del rechazo del ser humano a ser finito. Su rol secundario atrae y cautiva mucho más que el de los bíblicos Jacob y Esaú (el humo negro), cuya historia se nos antoja anacrónica, incompleta y desaprovechada.

La supuesta clave, esa luz blanca, prístina y mística que da equilibrio a la isla y, por extensión al universo, nos recuerda a la esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor que encontró Borges en un sótano. Entre muchas otras cosas, esto es lo que vio: “(…) vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Alpeh la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo”.

¿Qué vieron los ojos de Jack Shephard en esa luz, en ese Aleph de Perdidos, antes de cerrarse por última vez? ¿Qué vieron los ojos de J.J.Abrams para maquinar semejante mezquindad y, en especial, ¿qué han visto tus adormilados ojos?

Borges transmitió así su visión: “Sentí infinita veneración, infinita lástima”.

Written by @robertlozano_

24 mayo, 2010 at 8:25 AM

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La quinta esencia del género policíaco

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No es comercial. No es fácil de ver. No es para neófitos. The Wire es un plato que se cocina a fuego lento. Cada temporada son 12 horas que se degustan, se paladean y se descifran. Sin elipsis, sin estereotipos, sin prisas. The Wire forma parte de la edad de oro de la televisión, del momento en el que perdió la muleta de caja tonta y devoró al cine. Con 3D incluido.

CSI, 24, Bones, Hill Street Blues… las series de temática policíaca han copado nuestras pantallas desde hace años con mayor o menor acierto hasta empacharnos. Saciados, muchos de sus acérrimos seguidores creían que poco o nada se podía aportar ya a este género. En 2002, sin embargo, HBO acallaba a los incrédulos con una nueva propuesta: The Wire.

 Este espectáculo de cinco temporadas significó una nueva vuelta de tuerca, una bocanada de aire fresco que empujaba al espectador hacia una realidad aplastante, hacia la quinta esencia del género policíaco. Alejada de los estereotipos y de los planteamientos maniqueos de muchas propuestas similares, The Wire es una obra procaz y perspicaz que analiza desde una perspectiva crítica cinco ámbitos significativos de la ciudad de Baltimore (EE.UU.): el tráfico de drogas, el puerto, la política, la educación y los medios de comunicación. En el centro de este discurso, policías que no investigan grandes casos, ni tienen que salvar el mundo, ni son héroes. Simplemente trabajan en una ciudad, en un paradigma que representa a miles de urbes en el mundo.

Just Bussiness 

La grandeza de The Wire, además de en sus aspectos técnicos, reside en los personajes. No esperéis encontrar a un supervillano al que odiar ni al protagonista ejemplar en el que os gustaría reflejaros. Aquí los policías se equivocan, se emborrachan y se quedan dormidos, y los traficantes llevan a sus abueltitas a misa, tienen sentimientos de culpa e incluso novio.

 The Wire es una representación de la vida, del día a día en una ciudad, de los chanchullos y las intrigas de los que supuestamente sirven al pueblo, de los que actúan respaldados por la ley, y de los trapicheos y los tejemanejes de los que juegan al margen de las normas. Todos ellos hacen equilibrios en un alambre que responde al nombre de realidad. Son intereses. Pero no es nada personal. Es corrupción. Just business.

Written by @robertlozano_

9 marzo, 2010 at 10:52 AM

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