DISCURSO DEPORTIVO

Por Robert Lozano Vergés

Sulawesi: la muerte tenía un precio

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SEGUNDA PARTE

Para vivir una aventura hay que meterse en líos y no es difícil perderse en los serpenteantes caminos de la región de Tana Toraja. Pero, ¿quién no se ha perdido alguna vez a propósito?

Cuando el sol incinera, los caminos se enroscan, los gemelos arden y el sudor se cuela por los lagrimales y te dificulta la visión, acabas perdiendo la noción de la realidad y avanzas como un autómata, ojos clavados en tierra, y pupilas fijadas en la contracción de tus cuadriceps. Traicionero, tu cerebro te cuestiona qué diablos haces, por qué te torturas y por qué no escogiste la opción de arena blanca y agua esmeralda. Y subrepticiamente te desliza una postal con playas idílicas en la que apareces retozando mientras sorbes un mojito helado. Y entonces no sabes qué responderle. 

Pero continúas avanzando. Desde los márgenes del camino, las miradas se asemejan a punzones afilados. En la sombra, niños de rostros tiznados, descalzos y a medio vestir te observan con una mezcla de pasmo, curiosidad y fascinación. En algunas de estas aldeas no suelen prodigarse los occidentales y dos blanquitos avanzando cuesta arriba a pleno sol constituyen una repentina atracción que bien merece una sonrisa sarcástica, casi lastimosa. Y te piden caramelos.

Aparece un ángel. O, al menos, eso creo. Una chica rubia de pelo lacio, ojos celestes y pasos gráciles se detiene ante nosotros. Me enjuago el sudor de la comisura de los párpados. No es una ilusión. Ella me imita pero, en su caso, seca lágrimas. Dice que es checa. La creo. Que está llorando porque se ha llevado un susto importante. Que un hombre la ha seguido y se ha abalanzado sobre ella. Angustiado, le pregunto si está bien, asiente mecánicamente y, sin mediar palabra, se precipita cuesta abajo, a grandes pasos. Ha pasado un ángel.

Este encuentro fortuito convierte el recorrido en un desfile tétrico. La montaña que nos arropa está agujereada a lo largo del camino por cuevas en las que descansan los muertos. Frente a ellas, los tau tau, efigies de los difuntos talladas en madera, escoltan nuestros pasos. Según sus creencias, los tau tau velan por sus familiares. Según las mías, advierten de nuestra presencia.

En el funeral

Encontrar el pueblecito donde se celebra la ceremonia fúnebre forma parte de la aventura y no siempre es fácil. Incluso los guías locales suelen tener dudas. Durante los meses de verano hay un funeral prácticamente a diario en un pueblo u otro de la región pero las noticias corren a la velocidad de la lengua de sus habitantes. 

Lo más sencillo es seguir a la caravana de la muerte. Los asistentes al funeral forman largas colas de vehículos que llegan de todos los rincones del país, incluidos Borneo, Timor, Papua o Flores. De riguroso negro, cargan con cerdos y búfalos, que ofrecen a la familia del difunto para, en la mayoría de casos, sacrificarlos.

Tras deambular durante un tiempo indeterminado, tropezamos con retazos de negro y, siguiendo el rastro de la caravana de la muerte, detenemos un camión. Nos subimos en su parte trasera, donde tres chicos jóvenes duermen a pierna suelta, amparándose del sol con un toldo azul y raído. Conciliar el sueño en esas circunstancias debe ser una especie de don torajeño ya que, sin asideros, el trayecto se convierte en una carretera al infierno. Magullados y golpeados, aterrizamos en una aldea donde se prepara un funeral.

Conociendo al tomate

La presencia del viajero en estos casos es consentida, siempre y cuando se agasaje a la familia con algunos presentes elementales como tabaco o alcohol. La secuencia que sigue pertenece al género de lo bizarro. Una niña de apenas 5 años nos observa fijamente blandiendo un cuchillo de carnicero, gruppies torajeñas me piden que me fotografíe con ellas, la familia, curiosa y divertida, nos invita a conocer a alguien muy especial y nos lleva al lugar donde aguarda el “tomate”. El tomate, curiosa y literalmente, resulta ser el difunto. Embalsamado, tratado con veneración, espera su funeral en sociedad oculto en la casa familiar. 

Para los habitantes de Tana Toraja los ritos son fundamentales para que el difunto descanse en paz. Sin la debida sepultura, su alma podría ocasionar desgracias terribles a la familia. Lógicamente, para unos farang (occidentales) como nosotros, es un honor visitar al tomate.

El negocio de la muerte

La muerte es el principal modo de subsistencia de Tana Toraja. Su fuente de vida. Los habitantes de esta región de Sulawesi suelen celebrar dos ceremonias para enterrar a sus muertos, una justo cuando fallece, y otra cuando la familia está económicamente preparada. Ésta puede ser incluso un año después del fallecimiento, tiempo durante el cual el muerto reside en la casa familiar.

Llegamos a la par que la mayoría de los asistentes. Su número, al igual que la duración de la ceremonia (hasta tres días), depende de los recursos y del estatus de la familia. Durante el primer día se recibe a los invitados, que se instalan en unas estructuras construidas especialmente para la ceremonia y que serán derruidas a posteriori. Los más distinguidos son recibidos en casas tradicionales, los Tongkonan. La extraña forma de sus tejados responde a la forma de los cuernos de un búfalo o a la proa y la popa de un barco, según a quién preguntes. 

Nos ponemos a la cola. Poco a poco, cada invitado entrega un regalo, que se registra meticulosamente. Y se apunta porque si Enos me ha regalado un búfalo y dos cerdos, cuando un familiar de Enos muera, deberé regalarle exactamente lo mismo, por lo que, a partir de hoy, deberé ahorrar para estar preparado. En el caso de no poder corresponder en su debido momento con un presente del mismo valor, mi nombre y el de mi familia quedarían mancillados. Entregamos nuestro regalo y nos acompañan a una de las cabañas especialmente construidas para la ceremonia. Nos sirven galletas, te y una bebida alcohólica fermentada con arroz. El calor y la graduación del licor ralentizan las imágenes. Se oyen gritos en el silencio.

A trompicones sigo el reguero de la sangre, los gritos y la carne chamuscada. El sufrimiento dura escasos segundos. Un corte limpio y profundo acaba con la vida de los cerdos. Uno de los verdugos me ofrece el arma, pero declino. Otro me da un trozo de carne. Tengo hambre y acepto. El “tráfico” de animales, la incesante construcción y la demolición de las estructuras de las ceremonias, sus preparativos, etc. tienen, además de un sentido ceremonial, un motivo pragmático. Todo el movimiento que envuelve un funeral activa la economía de la región. Y la muerte es un negocio que no entiende de crisis.

El señor de las moscas

Sacrificarán a los búfalos durante el alba del segundo día. Símbolo de estatus familiar, el búfalo es el eje de la economía de la región. Su valor se calcula por el tamaño de las astas y su precio puede superar los 10.000€. Si es albino, una auténtica rareza, este valor se dispara hasta alcanzar cotas surrealistas. En el caso de que un matrimonio se divorcie, el marido deberá indemnizar a su ex mujer con un determinado número de búfalos, dependiendo de su clase social. 

Antaño animistas, cuando el Gobierno decidió que las seis religiones oficiales del país serían el Islam, el protestantismo, el catolicismo, el hinduismo, el budismo y el confucionismo, hicieron una reflexión sabia. ¿Cuál nos conviene más? Dado que el Islam no permite comer cerdo y el hinduismo no acepta la ingesta de búfalos, decidieron apostar por el catolicismo. Era la religión que les perjudicaba menos, la que les permitía mantener el negocio.

La sangre, el cerdo asado, el sacrificio del búfalo, el olor a ocre, la presión del valle, el desfile de la caravana de la muerte… Tana Toraja te deja exhausto y angustiado. Su cultura, basada en la muerte, es tan lúgubre como asombrosa. Las montañas las habitan los muertos y los árboles tienen pequeñas puertecitas que velan cadáveres de bebés fallecidos prematuramente. Hay que marcharse de este lugar antes de que te veas envuelto en un capítulo de Cuarto Milenio.

Más allá de las montañas, a tres días de camino, se encuentran las remotas islas Toggean, donde los cangrejos de los cocoteros tienen pinzas capaces de arrancarte una mano. Travesando el océano, cerca de Flores, allí donde se acaba el mundo, todavía habitan dragones mortíferos. Komodo y Rinca. Las fuerzas marcarán la elección de nuestro próximo destino.

Pero eso ya es otra historia.

 

SULAWESI: LA MUERTE TENÍA UN PRECIO. PRIMERA PARTE

Written by @robertlozano_

7 febrero, 2012 a 9:57 AM

Publicado en Viajes

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5 comentarios

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  1. Muy interesante. Increíblemente gráfico. He sentido estar viajando por el camino hacia “el infierno”. Bravo! Espero leer un libro escrito por ti algún día.

    xxxxx

    Beatriz

    7 febrero, 2012 at 10:44 PM

  2. […] SEGUNDA PARTE Share this:CompartirTwitterFacebookRedditStumbleUponCorreo electrónicoDiggImprimirMe gusta:Me gustaSé el primero en decir que te gusta esta post. […]

    • Y qué precio!!!
      Este sí que es un viaje de los que no se olvidan. Una aventura detrás de la otra. Suerte que siempre hay momentos buenos. jj.
      Graciasss por este relato.

      Anónimo

      13 febrero, 2012 at 6:19 PM


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