DISCURSO DEPORTIVO

Por Robert Lozano Vergés

La revelación de Murakami

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Era un día de primavera precioso, con un cielo limpio de nubes y una brisa cálida. Bebía una cerveza fresca y, de vez en cuando, miraba el cielo, desde el montículo de césped del estadio Jingu, feudo de los Yakult Swallows. El reloj marcó la una y media del día uno de abril de 1978. El bateo del americano Dave Hilton replicó en un ruido seco del bate, que resonó en todo el estadio. Justo en ese momento, Haruki Murakami tuvo una revelación: “ya lo sé, trataré de escribir una novela”. Así nació el escritor.

La nariz, probablemente colorada, le dolía al aspirar el aire gélido, inclemente a pesar de la euforia, cálida y alegre, que aumentaba la temperatura del estadio. Se cubrió la nariz con las manos, exhaló para sentir un atisbo de calor y aprovechó para secarse unas lágrimas ya difíciles de disimular. Los cánticos ensordecedores y las cartulinas azulgranas configuraban un remolino de emociones difíciles de asumir para un niño de diez años, lector precoz y madridista por contraposición. Ese ocho de enero de 1994 aprendió lo que era la tristeza, más dolorosa aún cuando la alegría te rodea. El cinco a cero pero, sobre todo ver a su padre abrazarse con sus hermanos, le produjo tal sensación de soledad que decidió cambiar de equipo. Ni el posterior consuelo de su padre ni la explicación de las vueltas que da la vida pudo hacerle ya cambiar de opinión. Así fue como Carles se hizo del Barça.

La lluvia fina trabajaba sin descanso, penetrando silenciosamente, calando hasta los huesos. Carles y su esposa Anna, preocupados por sus hijos, ajustaban gorros y bufandas y guantes y botones. Júlia, rebelde, descubría orgullosa su escudo del Real Madrid y Joan enarbolaba con descaro su bandera del Barça. ¿Uno de cada? le espetaban con sorna los compañeros de grada. La respuesta de Júlia se ceñía a mostrar la lengua a diestro y siniestro. Murakami era el compañero de metro de Carles en esos días. Se sorprendió al descubrir la revelación del escritor japonés y estableció un sinuoso paralelismo con su reconversión, 16 años antes, en el Camp Nou. Ese 29 de noviembre del 2010, el marcador reflejaba el mismo resultado, cinco a cero. Mientras el Barça de Guardiola rubricaba la mayor exhibición futbolística que había visto en su vida, Carles no le quitaba ojo a Júlia, que se mantenía callada, tranquila, reservada. Un extraño sentimiento lo sacudió entonces, desde los pies hasta la nuca. En su fuero interno deseó que fuera al revés, que hubiera ganado el Madrid, sólo para ver a su hija sonreír, feliz. Al término del encuentro, Carles intentó bromear con ella: ¿de verdad que no te quieres cambiar al Barça, Júlia? Con 12 años, los ojos vidriosos y un sosiego que nunca olvidaría le respondió: Papa, me da igual ser del Madrid o del Barça. Yo lo único que quiero es venir contigo y que tengamos algo de qué hablar. Así fue como Carles aprendió a ser padre.

Written by @robertlozano_

3 diciembre, 2010 a 8:47 AM

Publicado en Fútbol

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