DISCURSO DEPORTIVO

Por Robert Lozano Vergés

En la yugular de Borneo

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SEGUNDA PARTE

La llaman Dragón. Se trata de una barcaza motorizada de un metro de manga y cinco metros de eslora. Tremendamente inestable y de giros temerarios. Encajada en ella, a escasos centímetros del agua, el indefenso pasajero sospecha más, si cabe, de las aguas cobrizas. Surca veloz y delicadamente el río, salvando la corriente y los rápidos. Y de repente: ¡BOM! Un golpe sordo hace tiritar al Dragón. Algo ha golpeado la embarcación y el motor se detiene súbitamente, mientras iniciamos un balanceo sostenido, una especie de danza acuática hasta detenernos por completo. Rescatada la estabilidad, nos secamos la cara y le miramos inquietos. Bajito, de una edad indescifrable, tatuado, impertérrito. Nuestro piloto pertenece a los Iban, una tribu conocida por su afición a cazar cabezas tiempo ha. Nos dedica una primera mirada de reconocimiento para centrarse en el agua, opaca, impenetrable.

―¿Un cocodrilo?

―Aquí no hay cocodrilos.

―¿Una serpiente?

―No hay serpientes.

―¿Algún pez de grandes dimensiones?

―No.

Arranca de nuevo el motor y continuamos hacia las profundidades sinuosas del río. Incrédulos, tratamos de interiorizar que sus aguas son inocuas. Pero cuando llegamos a nuestro destino, no nos atrevemos a bajar del Dragón hasta que, sorprendidos, vemos que el agua apenas rebasa el tobillo.

El breve trayecto hasta la Longhouse, el hogar de los Iban, discurre por una selva cerrada. Con pasos torpes y ruidosos y ojos no entrenados, cualquier vestigio animal es prácticamente invisible. Sólo se intuyen miradas ocultas, movimientos furtivos y el balanceo de la vegetación. O se imaginan. Sin orangutanes agresivos, serpientes venenosas o caimanes asesinos, nuestro mayor problema son los diminutos mosquitos. Mosquitos inmunes que desayunan Relec y meriendan Goibi.   

Los Iban nos reciben sin festejos ni danzas ni paripés. No visten taparrabos ni sables ni plumas sino vaqueros y camisetas de la Premier League. La historia que encierra sus tatuajes y un saco repleto de calaveras de soldados japoneses de la Segunda Guerra Mundial son algunos de los pocos indicios que recuerdan que antes de trabajar en Gabón o Nigeria para una empresa petrolera, eran una tribu guerrera, orgullosa y temible. Cenamos en la oscuridad, compartiendo pollo, arroz, verduras, mermelada de coco y wisky de arroz, pero la falta de un idioma vehicular asesina la conversación con prontitud. Partiremos a las cinco y media de la mañana, para no perder el primer y único barco que conecta con Kuching.

Pero el ladrido histérico de los perros y el cacarear trastornado de los gallos nos arrebata el sueño. Son a penas las tres y media. ¿Qué pasa? Silencio. Silencio. Silencio. Diluvio. Treinta segundos después del aviso, una tormenta tropical escandaliza el techo de uralita. Cerramos los ojos. Los abrimos. Son las cinco y media. Sigue lloviendo. Dormimos en la misma estancia que el matrimonio Iban, pero su cama ya está vacía. En el corredor, de 100 metros de longitud, y que comunica con todas las viviendas, los encontramos. Sentados en cuclillas. Contemplando embobados la lluvia. La totalidad de la tribu nos dedica una mirada de soslayo, indiferente, y vuelve a la lluvia. Nuestro Iban nos explica que es peligroso navegar así, que no podemos marcharnos.

―¿Y cuánto puede durar?

―Podría terminar ahora mismo. O de aquí a tres días.

Entonces lo entiendo todo. Me siento con ellos. A contemplar la lluvia.

Written by @robertlozano_

7 septiembre, 2010 a 7:30 AM

Publicado en Paréntesis, Viajes

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