DISCURSO DEPORTIVO

Por Robert Lozano Vergés

En la yugular de Borneo

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PRIMERA PARTE

Es un largo y tortuoso viaje. Kuching, capital del estado de Sarawak, languidece de día y se despereza con la puesta de sol. Salvajemente desconocida, la puerta de entrada al Borneo menos explotado no ha escapado, sin embargo, de ese perverso concepto conocido como globalización y que debería llamarse occidentalización. Hasta aquí llegan las redes del señor McDonald’s y del señor Hilton.

Decidimos huir de Kuching furtivamente, cuando todavía la envuelve la penumbra. Nuestra embarcación  recorre un trecho del mar meridional de la China para adentrase en el Batang Rejang, el río que atraviesa Sarawak como una yugular tibia, circundada por frondosa pluviselva y asentamientos ribereños. Numerosos barcos madereros surcan esta cinta transportadora de color azafrán y fondo inquietante, en su afán por destruir una de las selvas más antiguas del mundo. Los pocos occidentales que se adentran en el Batang Rejang comparten trayecto con aborígenes tatuados, frutos exóticos, puerco espines y aves. Son cinco horas de un trayecto empapado de olor a gasolina, sol, humedad y sudor. El estertor del motor, martilleante e inclemente, te transporta en un estado de semiinconsciencia hasta que tu cuerpo se detiene y alguien te dice que estás en Sibu.

El sol ya tartamudea y juega al escondite con las nubes para emerger inclemente, punitivo, superior. Ilumina Sibu, un lugar de paso, picante y húmedo, del que quieres escapar con rapidez, pero que te retiene mientras decides tu destino. Nadie se detiene en Sibu sin motivo. La mayoría llegan para aprovisionarse y desaparecen en el río antes de que la oscura noche se cierna sobre la población, sin previo aviso, sin apenas transición con el día. Sus calles vacías esconden subterfugios noctámbulos, lugares clandestinos de acceso privado con persianas metálicas que acogen y expulsan a figuras errantes, despedidas tórridamente por formas hombrunas de labios pintarrajeados con carmín lascivo e impúdico.

Los que escapan a la noche parten hacia Miri, Bintulu o Bario, donde el aire es fresco y se alimentan a las sanguijuelas. Pero la leyenda de los cazadores de cabezas nos arrastra río arriba, donde el Batang Rejang se estrecha hasta llegar a la remota Kapit, territorio de las tribus Iban. Son 160 kilómetros por el hipnótico río. Llegamos al anochecer. Caras tiznadas nos observan con curiosidad desde la penumbra. Risas huidizas. Sin rastro de McDonald’s. A las siete de la tarde Kapit es un cementerio humano. Aquí la noche es propiedad de la selva y de sus moradores. Todos los ecos son nuevos y estremecedores. Hemos llegado al corazón de Borneo.

(NdE: Aprovechando el desafortunado parón liguero, me tomo la licencia de publicar un micro relato de dos partes sobre Borneo. Continuará…)

Written by @robertlozano_

6 septiembre, 2010 a 7:43 AM

Publicado en Paréntesis, Viajes

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