DISCURSO DEPORTIVO

Por Robert Lozano Vergés

El equipo del “Sol del siglo XXI”

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Jong Tae-se lloraba desconsolado mientras escuchaba el himno de la República Popular Democrática de Corea, el Achimŭn pinnara. A pesar de que sus ojos se abrieron por primera vez en Nagoya (Japón) y de que sus padres nacieron en Corea del Sur, desde pequeñito fue educado en el Juche, la doctrina ideológica comunista norcoreana. Años después, las creencias del niño Jong se vieron recompensadas cuando el Chongryon, la embajada de facto en Japón, le hizo el regalo que siempre había anhelado: la nacionalidad norcoreana. Las lágrimas del “Rooney del pueblo” en los preámbulos del partido contra Brasil eran de sincera felicidad, de agradecimiento y de gratitud hacia el gran líder, el“Sol del siglo XXI”: Kim Jong Il.

Esta curiosa e impactante imagen despertó la simpatía de los que se alinean con el desaventajado, como ya le ocurrió al nadador guineano Éric Moussambani en los Juegos Olímpicos de Sydney. La figura de Moussambani, mediática por insólita, recabó tanta atención en los medios de comunicación que desplazó a estrellas de los Juegos como el plusmarquista mundial de los 100 metros Pieter van den Hoogenband.

Pero a diferencia de Moussambani, los jugadores norcoreanos, conocidos como chollimas (un caballo alado de la mitología norcoreana), no podrán rentabilizar su excepcionalidad. Corea del Norte es el último bastión del comunismo extremo, de una hoz y un martillo aderezado con un pincel de pretensiones intelectuales. En el país más impenetrable del mundo, el endémico estado marcial obliga a movilizar a un ejército de un millón de soldados y más de cuatro millones de reservistas ante la hipotética amenaza extranjera. En su aislamiento surrealista, en su paranoia socialista, la población se muere de hambre a pesar de ser una de las naciones que recibe más ayuda humanitaria.

Las plañideras de Kim Jong Il

Todo este surrealismo se extiende a la selección más hermética y politizada del planeta. El pasado martes, en el estadio Ellis Park de Johannesburgo, un millar de presuntos aficionados norcoreanos destacaban en las gradas, entre la colorida hinchada de la verdeamarelha. Pero no eran coreanos, sino modernas plañideras. Un día después conocimos que, en realidad, se trataba de un grupo de actores chinos contratados por la empresa Sports Management Group, a petición del Comité de Deportes de Corea del Norte, para que animaran a los chollimas.

Los que sí acompañan al equipo en Sudáfrica son los comisarios políticos, que se encargan de registrar sus movimientos con cámaras que también apuntan a los periodistas que preguntan en las ruedas de prensa. El entrenador norcoreano, Jong-hum, advirtió que no contestaba preguntas políticas.

―¿El Gran Líder, Kim Jong Il, hace la alineación del equipo?

Mirada hacia el representante de la FIFA, mirada hacia el comisario político del Partido del Pueblo… y silencio. El mensaje mecánico de Jong-hum es fruto de una efectiva enseñanza de décadas. Su discurso, artificial y robótico, no puede ser otro. “Estamos en Sudáfrica para hacer que nuestro gran líder sea muy feliz.”

Las consecuencias de una mala actuación de Corea del Norte en este torneo nunca las sabremos. El norte de esta península de Asia Oriental es la última frontera del mundo.

Written by @robertlozano_

18 junio, 2010 a 7:46 AM

Publicado en Fútbol

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Una respuesta

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  1. Hola.

    Independentment del què dius, què bé que ho dius!!!!

    Salut!

    maccacus

    18 junio, 2010 at 10:47 AM


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